Espera - Poemas de JOSÉ MANUEL OLIVEROS

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Espera

  I
  Espera que lleguen las voces,
  que hablen los deseos
  de esas noches ocultas
  lejos de los cuerpos,
  de la soledad del alma agrietada
  cuando le faltas a mi universo,
  para que sientas clara tu presencia,
  cómo estás en el vivo recuerdo,
  en la totalidad de un beso,
  en el ser que me hace amarte,
  cómo arrastro el hueco de tu sombra
  para no olvidarte.

  Espera que regresen mis ojos
  cargados de otros mundos,
  para que te veas en todos los momentos,
  en el lugar donde mis sueños enloquecieron
  por no poder compartir el aire,
  donde inventé hasta tu aliento,
  y besé las sobras de otros besos.

  Espera,
  debo enseñarte un continente de sal
  que brotó de las noches,
  el sudor helado,
  el gozo lleno de ausencia,
  otros rostros que amé en la tristeza,
  ahora que todo me huele a ti,
  a piel quemada por los besos,
  a carne amada,
  como si llegaras por el aire,
  a último tributo hecho de nubes,
  a cuerpos de nieve que se rozan
  esperando el deshielo y la muerte.

  Espera,
  mira la oscuridad detrás de tu nombre,
  el dolor cuando te busco
  y vuelvo vacío de instantes,
  con palabras que separan como mares,
  como islas de olvido en la memoria,
  que serán silencio,
  bruma esparcida en la mañana,
  cantos que nacerán muertos.

  Espera,
  quiero que recuerdes
  cómo llegué a ti,
  alejándome,
  quise extraer la verdad de mi delirio,
  poner frente a cada paso un océano,
  sentirte por el agua,
  en cada onda el ritmo de tus manos,
  convertida en alga y espuma
  por el eterno ritual de las mareas,
  en blanco deseo hecho de luna,
  después de las olas
  como restos amados de un naufragio
  que se quedan anclados entre las cosas.

  Espera,
  quiero hablarte
  de un proyecto de besos sin límites,
  de cuerpos pegados al alba,
  de una noche llena de crepúsculos,
  cómo a veces te veo hecha de sombras,
  de profundos golpes de silencio,
  como negándote a la luz
  con la piel hundida hasta los huesos,
  de ese afán de no ser
  mientras te miro,
  de no estar cuando te busco
  desbocado por senderos de selva
  y aguaceros tropicales,
  ebrio de vaho que aspira
  a dos labios en los atardeceres.

  Y así vivo en talleres vacíos,
  buscando indicios
  en tus palabras vagas
  secas como desiertos,
  tarea en la sombra que nadie conoce
  y que me acerca a ti
  lejos del mundo,
  de las voces que me parecen extrañas
  y sólo lleno de fuego
  vuelvo a amarte,
  desde el silencio de las piedras,
  desde las raíces más profundas,
  desde el cielo roto por los rayos,
  desde el sonido oculto en los mares,
  en esta bahía esperando algo,
  un leve rumor,
  la mitad de tu latido.

  Ya no sé
  si eres o soy
  lo que va conmigo:
  confuso este vivir herido,
  confuso mi dolor sin límites,
  confuso acto haber dicho
  lo que el corazón escondía,
  ahora que aparecen nuevos misterios
  dispuestos a ser noche para la vida,
  para las sendas donde dejará todo,
  tu voz, tus ojos
  hasta que llegue la nada,
  tu vacío para mi alma.

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