El suspiro del moro - Poemas de PEDRO ANTONIO DE ALARCÓN

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El suspiro del moro

Canto Épico
(Dedicado a mi hija Paulina)
 
Y el Santo de Israel abrió su mano,
y los dejó, y cayó en despeñadero
el carro y el caballo y caballero.
                              (HERRERA.)

No la grandeza del empeño santo,
que eternizó en Granada la memoria
de la ínclita Isabel: el duelo canto
del rey sin trono, sin hogar ni gloria,
que, en vez de sangre, vergonzoso llanto
vertió a la postre de su infanda historia:
¡llanto sin fin que los anales cierra
de siete siglos de implacable guerra!
 
Madre Afligida del Amor cristiano:
sé Tú la Musa que piedad me inspire,
para que enfrente del procaz pagano
ni los de Dios ni tus agravios mire.
Está vencido, llora, y es mi hermano...
¡Haz que a su vez mi cítara suspire
cuando él dirija la postrer mirada
de eterno adiós a la gentil Granada!
 
Y tú que, errante, la infinita arena
de los desiertos cruzas, los tesoros
sin olvidar de esta región amena:
¡triste progenie de los reyes moros!
deja que tu apenada cantilena
salve del mar los ámbitos sonoros,
y preste al eco de la guzla mía
su vagón son y lánguida armonía.
 
Eran los días de feliz memoria
en que la Cruz, venciendo a la Fortuna,
tras luenga noche de eternal historia,
miró en su ocaso a la menguada Luna:
primeros días en que el sol de gloria
que un tiempo tuvo en Covadonga cuna,
libre veía el territorio hispano
bajo el bendito pabellón cristiano.
 
Una garrida, valerosa dama,
noble matrona, celestial princesa,
ganando eterna bendición y fama,
cumplido había la sagrada empresa:
¡Reina inmortal, que aun reverente aclama
el pueblo fiel que su sepulcro besa!...
¡Fuerte heroína, cuyo nombre santo
aún oye el Moro con terror y espanto!
 
Ella fue, sí, la que, animosa y pía,
su Fe inculco y su aliento a la cruzada;
ella quien supo la prudencia fría
de FERNANDO trocar en furia armada;
y ella tras su bridón llevado había
ante los muros de la infiel Granada
aquella flor de ilustres campeones
que al grito de «ISABEL» fueron leones.
 
Y las altas empresas de Cisneros,
de Pulgar las magníficas hazañas,
del gran Gonzalo los arranques fieros,
de Tendilla y de Cabra las campañas,
y los hechos de tantos caballeros,
gloria de Cristo, prez de las Españas,
justas fueron de amor, fiestas galantes
que en su obsequio inventaban los Gigantes.
 
Dado me fuera aliento para tanto,
y aquí cantara la mortal refriega
que una vez y otra vez sembró el espanto
en la ciudad sitiada y la ancha vega;
pero ni el cerco ni las lides canto
que precedieron a la humilde entrega,
ni la lucha civil encarnizada
que franqueó las puertas de Granada.
 
Absorto ante ese cuadro de grandeza,
el son apago de mi plectro rudo;
descubro reverente mi cabeza,
y admiro y tiemblo con respeto mudo;
triunfante en la morisca fortaleza
la Santa Cruz del Redentor saludo,
y, de piedad y compasión movido,
sigo los pasos de Boabdil vencido.
 
Principiaba una fúlgida mañana,
de esas que alegran el adusto invierno
cual bellas hijas que en edad temprana
la hiel endulzan del dolor paterno:
del monte excelso la cabeza cana
reflejaba del sol el rayo eterno,
y en la atmósfera azul, diáfana y pura
destacaba la nieve su blancura.
 
Por los barrancos de la ingente Sierra
mil arroyuelos nítidos corrían,
buscando el llano, en cuya arada tierra
su caudal fecundante repartían:
tranquilos ya, tras la finada guerra,
los labradores a su afán volvían,
y en medio de los densos olivares
humeaban los rústicos hogares.
 
También las aves a sus dulces nidos
y a la paz que perdieron retornaban;
los rebaños, ayer despavoridos,
otra vez por las cubiertas asomaban;
y cantos y rumores y balidos
el aire placidísimo poblaban,
cual si el pasado sanguinoso empeño
hubiera sido imaginario ensueño.
 
Esa mañana refulgente y grata,
mientras el sol del aterido Enero
rizados hilos de escarcha plata
trocaba en perlas con su ardor primero,
de Moros una espesa cabalgata,
que el blanco lino y el bruñido acero
igualaban a un bando de palomas,
subía del Padul las mansas lomas.
 
Aquel cortejo, triste y misterioso
de noche a Santafé dejado había,
y cruzado la vega silencioso
antes que el alba despertase al día;
pero al salvar el punto montuoso
a que llegaba cuando el sol salía,
los Moros sus corceles refrenaron
y atrás la vista con afán tornaron.
 
Iba al frente de aquella comitiva
un joven de gallarda gentileza,
cuyo boato y majestad esquiva
señales daban de imperial grandeza;
su noble palidez y frente altiva,
sus negros ojos de oriental belleza,
sus blancas tocas y barba oscura
completaban tan clásica figura.
 
Siempre a su lado, como fiel esposa,
fijos en él los hechiceros ojos,
cabalgaba una joven tan hermosa,
que a la cándida luna diera enojos:
de su semblante angelical la rosa
y de sus labios los claveles rojos
trocado había pertinaz la pena
en lirio mustio y pálida azucena.
 
Junto a ella, blanco cual nevado armiño;
hermoso, aunque tristísimo y doliente;
único bien del paternal cariño;
severo ya como león naciente,
sobre negro corcel marchaba un niño,
no llegado a la edad adolescente;
pero que ya maldijo su hado insano,
cautivo y solo en el Real cristiano.
 
Torvo el aspecto de la faz sombría,
parda la tez y la cabeza cana,
tras ellos impertérrita venía
una lujosa, gigantesca anciana:
su viril ademán y la energía
de su mirada fiera y soberana
descubrían en ella a la matrona
digna del cetro y la imperial corona.
 
Dos príncipes, que el pálido semblante
en su idéntico rostro reflejaban
del Moro esquivo que subió delante.
a la austera mujer acompañaban;
y, en fin, tras estos, en tropel brillante,
hasta cien caballeros galopaban,
entre los cuales víanse mezclados
palaciegos, visires y criados.
 
Desde el lugar en que parado habían,
a la vez abarcaba la mirada
los rudos montes en que entrar debían
y la extendida vega matizada.
¡Un paso más..., y nunca ya verían
el mágico horizonte de Granada!
¡Un paso más..., y de su vista ansiosa
desparecía la ciudad hermosa!
 
El Moro más altivo y arrogante
se apartó de la inquieta muchedumbre,
y silencioso, tétrico, anhelante,
quedó como clavado en la alta cumbre.
La horrible contracción de su semblante
retrataba su negra pesadumbre;
pero en su seno, comprimido el llanto,
negaba alivio a su mortal quebranto.
 
Fijos los ojos, cual queriendo en ellos
dejar grabados y por siempre vivos
de aquel paisaje los matices bellos;
mudo, inmóvil, alzado en los estribos,
el infeliz, del sol a los destellos,
vio pasar los instantes fugitivos,
sin poder separar la vista un punto
de aquel sublime, sin igual conjunto.
 
¿Quién era? ¿Iba a morir? ¿Por qué tal duelo?
¿Por qué a su alrededor no resonaba
ni una voz de esperanza o de consuelo?
¿Por qué su esposa con rubor echaba
sobre la casta faz el blanco velo?
¿Quién era el triste que tan solo estaba?
¿Qué maldición cayó sobre aquel hombre?
¿Cuál era su infortunio? ¿Cuál su nombre?
 
¡Era Boabdil!... ¡Boabdil, el fruto airado
de Muley desdeñoso y de Aixa fiera;
el hijo por la madre aleccionado
contra su padre y rey a alzar bandera;
el ambicioso audaz y desalmado,
ladrón del solio a cuyo pie naciera,
que al eco santo del paterno grito,
fue por su raza y por su Dios maldito!
 
¡Era Boabdil, cuya ominosa estrella
costó a sus padres sempiterno lloro,
rompió el encanto de la Alhambra bella
y el fin atrajo del Imperio moro!...
¡Mísero rey, tras cuya infausta huella
se hundió la tierra siempre, y llanto y oro
y sangre y honras devoró el abismo,
hasta que al cabo sumergiose él mismo!
 
¡Era Boabdil, que con indigna mano
dado las llaves de la Alhambra había
y su trono y su pueblo al Rey cristiano!...
¡Era Boabdil, que desde allí veía
tremolar en la Vela al castellano
la Santa Cruz del Hijo de María!
¡Era Boabdil, que la postrer mirada
dirigía por siempre a su Granada!
 
Érase la ciudad cuyas ruinas,
festoneadas de perpetuas rosas,
aun alegran las aguas cristalinas
que en sus cármenes entran bulliciosas:
la Ciudad que las fieles golondrinas,
como en tiempo mejor, buscan ansiosas,
pidiendo a los palacios derruidos
grata quietud para sus caros nidos
 
Érase la Ciudad que despoblada
hoy parece tal vez al que la mira
de yerba y rotos mármoles sembrada,
como Paesthum, Itálica o Palmira:
La Ciudad que, entre flores sepultada,
aun al viajero admiración inspira,
mientras sus muros de labrada piedra
disputa el tiempo a la viciosa hiedra.
 
¡Era Granada... rica y prepotente,
tal como fue... cuando Granada era!
Llamábanla Damasco de Occidente,
de la grey de Ismael Roma altanera,
de sus sabios Atenas floreciente,
de las artes lujosa primavera,
hija del Cielo, patria de las flores,
edén de la hermosura y los amores.
 
Boabdil la contemplaba adormecida
en los cárdenos montes del Oriente,
de un alquicel blanquísimo vestida,
y de bermejas torres la alta frente,
cual de corona señorial, ceñida...
¡Allá quedaba lánguida, indolente,
adúltera sultana, infiel esposa,
mostrando al vencedor su risa hermosa!...
 
Y allá quedaban los amantes ríos
que plata y oro le tributan fieles;
el Dauro con sus cármenes umbríos,
y el Genil con sus cálidos vergeles;
del Albaicín los blancos caseríos,
la Antequeruela oculta entre laureles,
de la Alcazaba el recio baluarte,
y la Alhambra gentil, ¡gloria del arte!
 
¡La Alhambra! ¡Regio edén, huerto florido,
soñado alcázar, que su planta moja
del hondo Dauro en el raudal temido,
y cuyas torres de argamasa roja,
de las copas del bosque entretejido
salir se ven entre la verde hoja
y luego alzarse a la región del viento,
como ideal, aéreo monumento!...
 
¡Oh! ¡Con cuánto pesar, con cuánta pena
Boabdil aquel recinto miraría
donde su infancia transcurrió serena
y entró aclamado, victorioso un día!
Entonces ¡ay! desde su fuerte almena
reinaba en la mitad de Andalucía...
Ya... sólo le ofrecía el hado cierto
un caballo... y la arena del desierto.
 
Luego miró la anchísima llanura...
tapiz que bordan con vistosas tintas,
ora las huertas de eternal verdura,
ora las blancas y graciosas quintas,
ya de extenso olivar la mancha oscura,
ya de las aguas las fulgentes cintas,
aquí las torres de apiñada aldea,
allí el camino que tenaz serpea...
 
¡Cuadro grandioso, que mostraba unidos
de tierra y cielo todos los favores...!
-nieves perpetuas, árboles floridos,
verdes campiñas, nubes de colores
un aire que arrobaba los sentidos,
un firmamento azul y un sol de amores!...-
¡Cuadro cuya magnífica hermosura
de Boabdil puso el colmo a la amargura!
 
¡Triste Boabdil! Su miserable estrella
¿Por qué en Lucena le negó la muerte?
¡No viera entonces tras su infame huella
marchar, ligados a su aciaga suerte,
a un tierno hijo, a su Moraima bella,
a Aixa, la madre valerosa y fuerte,
y a dos nobles hermanos, que su yerro
al ocio condenaba y al destierro!
 
¡Triste Boabdil! ¡Cuánto a sus pies veía
fue suyo, fue su vida, fue su encanto...
¡Y nunca más a verlo tornaría!...
¡Nunca más! -Al pensarlo, fue ya tanto
su dolor, y tan fiera su agonía,
que de sus ojos desbordose el llanto,
y, con acento fúnebre y rugiente,
lanzó un suspiro que aterró a su gente...
 
¡Suspiro amargo, lúgubre, espantoso,
que aún en Granada sin cesar resuena,
turbando de los siglos el reposo
y de la muerte la región serena!
¡Y repítelo el viento caluroso,
que raudo agita la africana arena!...
¡Y sonará implacable, tremebundo,
mientras se acuerde de la Alhambra el mundo!
 
Aixa, entretanto, la sublime altura
de Mulhacen miraba con recelo...
-(¡Allí..., al amparo de la nieve pura,
en la sagrada vecindad del cielo,
yacía en misteriosa sepultura
Muley, su esposo, presenciando el duelo
de la airada consorte y del mal hijo
a quienes fiero al expirar maldijo!...)
 
Pero al ver la Sultana el triste llanto
del rey, que entre suspiros repetía:
«¡Allak-Akbar!...», tan íntimo quebranto,
lejos de conmover su faz sombría,
inflamola de un fuego que dio espanto,
y, mujer insensible, madre impía,
cuanto patricia indómita y severa,
dijo el débil Boabdil de esta manera:
 
«¡Llora como mujer, desventurado,
la pérdida del reino que has debido
cual hombre defender!... ¡Llora, menguado!»
Y con brusco desdén mal comprimido,
(¡tal vez con hondo amor desesperado!),
apartose del príncipe afligido,
y, mirando colérica a Granada,
huyó vencida, pero no domada.
 
Como reo de muerte que a la vida
y al sol y al cielo como afán profundo
da el adiós de suprema despedida...
así Boabdil, lanzado de aquel mundo
en que dejaba su ilusión querida,
«¡Adiós!...» dijo con aye moribundo,
e inclinando la frente sobre el pecho,
huyó también, en lágrimas deshecho...
 
Y, tras él, en confuso torbellino,
partieron todos; y del sol la lumbre
vio, de polvo entre denso remolino,
desbocada correr de cumbre en cumbre,
huyendo de su lóbrego destino,
a aquella fastuosa muchedumbre,
a quien la desventura daba en arras
un rincón en las agrias Alpujarras.
 
Pronto, como blanquísima paloma,
mirábase a lo lejos, de la Sierra
a un jinete salvar la última loma...
Era el triste fantasma de la guerra...
Era el poder inicuo de Mahoma
que abandonaba la española tierra...
¡Era Boabdil, herido por el rayo
que allá en Asturias fulminó Pelayo!
 
Otro día..., del mar sobre la espuma,
sola cruzó desde Adra hasta Melilla
rápida nave cual ligera pluma.
Ganada, al cabo, la africana orilla,
viose a un Moro gentil, entre la bruma,
doblar, al pisar tierra, la rodilla...
¡Era Boabdil, a quien su negro sino
negó una tumba en suelo granadino!
 
Un día, en fin, que el Marroquí tirano
luchaba por salvar su poderío
contra los dos Jarifes, -un anciano
lidió por él con temerario brío,
hasta que, herido y sin aliento humano,
se hundió en las olas de opulento río...
¡Era Boabdil, a quien su suerte dura
le negaba en la tierra sepultura!
 
¡Así cumpliose lo que escrito estaba...
pero escrito por Dios, que al hombre dijo:
«HONRARÁS A TU PADRE». -Así acababa
el príncipe rebelde, ingrato hijo,
a quien su padre ciego, que espiraba
una vez y otra vez feroz maldijo...
¡Y así fue llanto y exterminio y luto
de la traición de Don Julián el fruto!
 
¡Huyó de España para siempre el Moro!...
¡Bendigamos a Dios! -«Él es el fuerte:
Él solo es vencedor: Él es tesoro
de vida y de salud: Él da la muerte».
Así, con letras de carmín y oro,
cuando propicia contempló la suerte,
lo consignó en la Alhambra el Mahometano.
-¡DIOS SÓLO ES VENCEDOR! Dice el Cristiano.

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