En medio de un abrupto promontorio - Poemas de Manuel Curros

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En medio de un abrupto promontorio

En medio de un abrupto promontorio
de acantiladas, vacilantes rocas,
monstruos que arrancan de sus pardas bocas
alaridos de rabia al huracán,
levantábase en tiempos ya lejanos,
cual implacable símbolo de muerte,
la rica y opulenta casa fuerte
del señor de Milmanda y Sanchidrián.
 
Morada de dolor, sobre sus torres
el murciélago vil revolotea,
mientras el dulce jugo saborea
que a la sagrada lámpara robó;
y el bulto malhadado, pesaroso,
deja escuchar allí su voz sombría,
cuando a la luz espléndida del día
la fatídica noche sucedió.
 
Dueño de inmensos pueblos y vasallos,
por pecheros y próceres temido,
es en todo Galicia conocido
don Ramiro de Acosta y Santarén;
conocido por cruel y sanguinario,
temido por sagaz y traicionero,
que su fama de innoble caballero
cunde por pueblos y abadías cien.
 
De espíritu mezquino y rencoroso,
de corazón henchido de veneno,
su palabra de déspota es un trueno
que amaga pavorosa tempestad.
Esposo infiel sacrificó a su esposa
y en dura cárcel atormenta a su hija;
que su pecho de tigre no cobija
sentimientos de amor ni caridad.
 
Temerario y sacrílego escarnece
los fallos del Señor con insolencia,
y creyendo extinguir en su conciencia
los gritos de sus víctimas de ayer:
-¡sangre!- murmuran sus febriles labios,
y sangre entonces el tirano vierte,
y el pueblo de Milmanda se divierte
en contemplar cadáveres doquier.
 
Recluso en lo interior de su castillo,
el alma por recuerdos torturada,
se alza de don Ramiro a la mirada
el libro de su vida criminal,
y al fijarse en su página postrera
sus ojos hiere este recuerdo triste:
«¡traidor, traidor!... ¿Por qué a tu rey vendiste,
»tú, el privado del rey de Portugal?...
 
»Don Alfonso te amaba como a un hijo,
»te colmaba de dichas y favores:
»los más altos magnates y señores
»de su corte, nada eran ante ti;
»te ha señalado cámara en su alcázar,
»diote pajes y gentes de servicio,
»y al fin tanta merced y beneficio,
»¿de qué manera los pagaste? ¡Di!
 
»¡Ah! Mientras don Alfonso se lanzaba
»al frente de sus tropas valerosas
»a combatir las huestes numerosas
»del leonés intrépido y feroz;
»y mientras a su empuje se rendía
»el pendón castellano hecho jirones,
»trepando sus guerreros escuadrones
»los muros de la invicta Badajoz,
 
»cobarde, ¿tú qué hacías? Concertabas
»la muerte de tu rey y tus hermanos;
»de una mujer por los hechizos vanos,
»¡miserable!, vendías tu nación...
»¡Y la vendiste al cabo! ¿No te acuerdas?...
»don Fernando el Segundo diote esposa,
»y, precio infame a una traición odiosa,
»regalaste un vencido al de León.
 
»¡Un vencido! Encontraste un ruin arquero
»que hiriese a tu señor; mas no has logrado
»dar término a tu plan, ni el dedo airado
»esquivaste de Dios, en justa ley.
»La flecha pudo atravesar su muslo...
»Huyó el villano; pero, en duro grito,
»entre estas rocas te mandó proscrito
»la voz severa de uno y otro rey.
 
»Duerme, si puedes, Santarén malvado,
»duerme, si logras conciliar el sueño...
»¡Mas ah! que inútil ha de ser tu empeño,
»vano tu esfuerzo, sí, vano tu afán.
»¡Mañana acaso a tu castillo acuda
»estrechas cuentas a zanjar contigo
»el bandolero a quien llamaste amigo
»cuando trazaste tan inicuo plan!...»
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
. . . .
Al cruzar esta idea por su mente,
doloroso recuerdo de otros días,
recorre Santarén las galerías
de su rico palacio señorial
y da aviso a sus gentes que en la almena
se cuelgue a todo aquel que, del rastrillo,
pregunte si el que habita su castillo
fue privado del rey de Portugal.
 
Y siempre, ora de día, ora de noche,
ya al resplandor del sol, ya al de la luna,
en cada torre hay por lo menos una
víctima de aquel ser sin corazón.
Pobres mendigos que buscando vienen
calor para sus miembros ateridos,
por espías juzgados y tenidos
en horca morirán, sin compasión...
 
E impaciente, intranquilo, receloso,
al cuarto corre Santarén de su hija
y en ella clava la mirada, fija,
cuando en sus rezos la sorprende allí:
ávido la contempla... y más tranquilo
tórnase de matanza a su faena,
en tanto doña Dulce, el alma llena
de pesadumbre y duelo, oraba así:
 
-Virgen mía, mi Virgen adorada,
esperanza feliz para el que llora;
¡estoy triste, consuélame, Señora,
consuela a la que siempre te adoró!
¡Da a mi padre un momento de reposo,
un momento de paz, en su tortura,
o llévame a tu reino, Virgen pura,
que entre sangre no puedo vivir yo!

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