Corren de mayo los postreros días - Poemas de Manuel Curros

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Corren de mayo los postreros días

«Corren de mayo los postreros días
y es una tarde de serenas auras;
la fresca primavera en su apogeo
de verde mirto y rosa engalanada,
opulenta en sonrisas los vergeles,
los bosques y las selvas visitaba.
 
»Iba a cumplir el sol en Occidente
su cotidiano exilio; con él marchan
la luz y la armonía, sobre alfombras
de nubes de carmín y de esmeralda.
Regio proscripto, el paso detenía
al columbrar las últimas montañas,
suspiró con las auras gemidoras,
tendió al espacio la postrer mirada,
y al ver la luna enseñorearse alegre
sobre el cenit, donde moró su alcázar,
agitó sus melenas fulgurantes,
mandó un adiós a su perdida patria,
y con rápido paso huyó iracundo
allá en el mar a sumergir sus lágrimas...
 
»Iluminan tan sólo el firmamento
tibios rayos de luz amortiguada
entre la débil sombra confundidos
de una noche tranquila que avanzaba,
cuando, por una senda que al viajero
conduce a Badajoz, se destacaban
negros bultos informes, movedizos,
como de muchas gentes que cabalgan,
ronco son de atambores y clarines
que en ecos penetrantes se dilata,
y el acerado brillo que producen
yelmos, escudos, picas, cotas y hachas.
 
»Eran gentes de guerra, a crudas lides
y en cien y más combates adiestradas,
gente ruda y salvaje cual las rocas
que el padre Tajo con sus ondas, baña;
eran los dignos hijos de Viriato
que cuentan por victorias sus batallas
y entre los que nacisteis, don Ramiro,
como para negar sus prendas altas.
Ávido de conquistas, don Alfonso,
rey de los portugueses, caminaba
sobre un caballo indómito, delante
de sus guerreras huestes y bizarras.
Caminaba sereno, denodado,
esculpido el valor en la mirada,
de ensanchar sus dominios codicioso
tal vez acariciando la esperanza.
Vos erais su valido, y a su lado
don Alfonso un lugar os dispensaba;
que sin vuestro consejo y vuestra venia
no excita al enemigo ni lo ataca.
 
»Cesó el clarín; al rayo de la luna
destacáronse ya, no muy lejanas,
de Badajoz las torres, cuyos muros
iban a ser testigos de una infamia.
Acamparon las huestes, y entretanto
que las perdidas fuerzas reparaban
con un breve descanso, don Alfonso
trazó, selló y os entregó una carta.
 
«-Id -os dijo después-, id, don Ramiro,
a saludar al rey de aquesa plaza,
y decidle que un rey tan poderoso
como el rey de León aquí le aguarda;
decidle cómo vengo en son de guerra,
de estos grandes dominios en demanda,
y cómo están dispuestos mis soldados
a morir por el triunfo de mi causa.
En ese pergamino le encomiendo
la razón que me asiste a esta jornada.-
 
»Vos partisteis ligero como el rayo;
quien viera vuestro gozo, no dudara
que erais vos de este reto el responsable,
trama por vos urdida y preparada.
 
»Vacilando entre el miedo y la avaricia,
llegasteis presto al castellano alcázar;
hablasteis con el rey que, deferente,
os hizo grande honor, y al leer la carta
quizá su corazón latió violento,
tal vez su hermosa frente se anublaba...
 
»No es un temor cobarde, no es el miedo
a sostener la lid lo que le espanta:
¡no hubo jamás cobardes en Castilla!
Lo que al rey don Fernando le aterraba,
era pedir al portugués un plazo
para entablar la lucha provocada.
 
»Mas ¿qué hacer, si sus tropas valerosas,
sus fuertes caballeros y mesnadas
derramaban su sangre en suelo extraño
de la justicia y del honor en aras?
 
»Y abrumado su reino por contiendas
y discordias civiles, amagada
su corona y a guerra apercibido
por las fuerzas que manda el de Navarra,
¿cómo podrá luchar? ¿de qué manera
probar esfuerzo ni reñir batalla?
 
»¡Ay! A tales preguntas, don Fernando
sobre el pecho la frente doblegaba
y -¡Rendirme! ¡Oh, jamás!- en sordo acento
sus balbucientes labios murmuraban...
Vos comprendisteis bien cuánto sufría
su noble corazón, y vuestra audacia
nunca pudiera ser tan oportuna
como dándole al triste una esperanza
en medio de inquietudes tan horribles,
tantos crudos temores y asechanzas.
¡Y esa esperanza se la disteis, bella
y halagadora, mas cobarde y falsa!
 
»¿Vais haciendo memoria, don Ramiro,
cuya es la voz que tan altiva os habla?
Mas dejad que prosiga; queda poco,
y es lo mejor del cuento lo que falta.
 
»Entre las damas nobles de la corte
de don Fernando de León, llevaba
la palma en donosura y gentileza
su hermana doña Elvira, de bastarda
cuna; mas para vos, sólo que fuese
de progenie de reyes os bastaba.
 
»Visteis a doña Elvira, y al fijaros
en la lánguida luz de su mirada;
al ver aquellos labios purpurinos,
gloria del caballero que la amaba
(porque la amaba un hombre), vos sentisteis
la codicia infernal dentro del alma,
pasión la más innoble y más funesta
de cuantas tejen la miseria humana.
 
»Cuando ya la codicia se apodera
de nuestro corazón, como la llama
de un incendio voraz, nada es bastante
a vencerla, extinguirla ni amenguarla,
y en vos esta codicia, de tal suerte,
con tanta rapidez se propagaba,
que aquella misma noche decidisteis
en doña Elvira, la infeliz, saciarla.
 
»Meditado era el plan sin duda alguna
que ibais a ejecutar para logralla;
de otro modo jamás conseguiríais
del buen rey de León la fiel palabra
de daros por esposa a doña Elvira,
que allí en solemne voto os fue empeñada.
 
»Mas ¿a qué proseguir? ¡Sólo al recuerdo
de aquella noche, maldecida, estalla
mi corazón de cólera y quisiera
morir, por no penar al recordarla!
Tres horas de secretas confidencias,
llamado a engaño, os dispensó el monarca.
¡Tres horas de traición! ¡Ah, don Ramiro,
que las paredes al traidor delatan!...
 
»Y aquella misma noche en matrimonio
la pobre doña Elvira os fue entregada;
sus quejas, sus gemidos, sus protestas,
no fueron atendidas ni escuchadas.
Tranquilo quedó el rey; vos complacido
os alejasteis de la regia estancia,
y a merced de las sombras, discurriendo
por calles tortuosas, solitarias,
llegasteis a una casa y penetrasteis.
Iba con vos la sin ventura dama
llagado el corazón, pálido el rostro,
anegados los parpados en lágrimas...
 
»¡Oh! En aquella mansión aborrecida,
de la que restan hoy cenizas pardas,
pues a cenizas convirtiola luego
de un famoso ladrón la mano airada,
fue vuestra doña Elvira; pero ¡nunca,
nunca su amor fue vuestro! Allí encerrada
algún tiempo quedó, y allí ha sufrido,
¡ah!, sabe Dios cuánto sufrió su alma.
Era alta noche ya cuando salisteis
de aquel negro recinto; caminabais
pálido como un muerto, cabizbajo,
torvo, como una sombra condenada;
un hombre os perseguía silencioso,
y al veros alejar cortó distancia
y de pronto os paró: -¿Quién sois?- dijisteis
al verle frente a vos como una estatua;
pero mudo aquel hombre, sin oíros,
con sonrisa satánica os miraba.
 
»-Fui noble -os dijo al fin-; fui caballero
de hidalga cuna y condición hidalga;
jamás con sangre de villana gente
regué la tierra ni manché mi espada,
y por eso sin duda en este instante
no la hundo hasta el pomo en tus entrañas.
Fui caballero, sí; mas desde ahora
no puedo serlo ya, porque me falta
mi numen protector, el ángel puro
que por nobles veredas me guiaba.
No puedo serlo ya, porque he perdido
cuanto fuera mi orgullo y mi esperanza,
cuanto diera valor a mis acciones
y altivos pensamientos me inspirara.
¡Tú, lusitano vil, tú eres tan solo
el que en la senda criminal me lanza,
donde el recuerdo de mi bien perdido
no vuelva más a conturbar mi alma!
¡Que el rayo de la cólera divina
al castigar mi bárbara venganza
abra también, inexorable y justo,
en tu conciencia ruin, eterna llaga!-
 
»Así os habló aquel hombre; sus pupilas
chispas de fuego del infierno exhalan
al girar en la órbita, y su acento
como una tempestad retumba y brama.
-¡Perdón, perdón! -clamasteis al oírle-.
¡Perdón!... -Y en tierra la rodilla hincada,
perdón mil veces con temor cobarde
del hombre aquel, doliente demandabais.
 
»Movido acaso a compasión, no quiso
con vuestra sangre deshonrar su espada,
y en pedazos quebrándola, arrojola
lejos de sí con iracunda saña.
-Mientras fui noble -dijo- me serviste;
hoy fueras para mí pesada carga;
y pues como hasta hoy no quiere el hado
vayas pendiente de cintura honrada,
quédate a la ventura, espada mía,
que a un bandolero su puñal le basta.-
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
. . . .
»Vos en tanto de hinojos, suplicante,
no cesabais un punto en pedir gracia;
gracia para una vida que iba a seros
con eternos dolores prolongada.
¡Cuánto mejor os fuera, don Ramiro,
morir entonces! ¡Oh, cuántas desgracias,
y cuánta expiación, cuánto martirio,
matándoos aquel hombre os evitara!
Mas no quiso arrancaros la existencia,
que fuera poco cebo a su venganza.
¡Era preciso que llegase un día
en que vuestra conciencia despertara,
y al mirar vuestros crímenes, quisierais
de vos mismo escapar, y no encontrarais
asilo ni en la tierra ni en el cielo,
ni allí ni aquí perdón a vuestras faltas,
ni clemencia ante Dios ni ante los hombres,
ni al pie del confesor ni al pie del ara!
-¡Miserable, no tiembles! Yo no tengo
sed de sangre, traidora; vive, pasa
los días que te restan entregado
en brazos de esa virgen desgraciada
a la que tanto amé. ¡Negra es tu estrella
cuando le inspiras a un bandido lástima!
Mas oye, lusitano: si algún día
esa hermosa mujer que me arrebatas
llega a sentirse madre y no son monstruos
los hijos que te dé, como de raza
lo heredarán por ti, yo, desde ahora,
te exijo donación formal y clara,
dentro del plazo fijo de quince años,
de hembra o varón, el que primero nazca.
Varón, le haré maestro en el pillaje:
matará, robará por las comarcas,
como yo robaré desesperado,
y cuando mire la segur cercana
y próximo mi fin, por toda herencia
le haré depositario de mi fama.
Hembra, con ella partiré hermanado
mis riquezas espléndidas robadas;
presentes de magníficas preseas,
diamantes y oro llevaré a sus plantas.
Por ella, en las ermitas del contorno
desnudaré las Vírgenes sagradas,
y sus fúlgidos mantos y diademas
de rubíes, de amatistas y esmeraldas,
adornarán sus hombros y sus sienes,
para al verla tan célica, adorarla.
No más quiero de ti; jura cumplirme
este postrer anhelo que afianza
la vida que te doy. Y por que tengas
una memoria mía mientras vayas
la existencia arrastrando por la tierra,
escúchame otra vez. Cuando tú hablabas
con el rey don Fernando, yo te oía
a un tiempo mismo con placer y rabia.
Sé que quieres matar a don Alfonso
de Portugal, tu rey, cuya privanza
te concedió en mal hora; sé que luchas,
empero, con temores que te espantan
y te hacen vacilar; mas persevera
en tu proyecto vil, no temas nada.
De todo triunfarás; nadie en la tierra
quedará que conozca tus infamias;
nadie podrá mofarte, ni tu crimen
para eterno baldón echarte en cara.
¡Mi cuchillo abrirá tremenda herida
del que a tanto se atreva en la garganta,
y no hay vereda sobre el haz del mundo
que para perseguirle no trillara!
Ve, pues, junto a tu rey, traidor valido;
dile que Badajoz le espera en armas;
y cuando por sus puertas victorioso
intente penetrar, yo haré que caiga
al suelo con dolor, bañado en sangre.
Corre, corre a su tienda de campaña
antes que el alba luzca, y en su frente
el ósculo de Judas ve y estampa...
 
»Y el bandido calló; vos le escuchasteis
con agrado tal vez. Cuanto él hablara,
si en el fondo era horrible, por lo menos
vuestros viles instintos halagaba.
Aquella misma noche, don Alfonso
penetró en Badajoz; su estrella aciaga
lo quiso así, para que ejemplo fuera
en su dolor a cándidos monarcas.
 
»Y cuando sus banderas en los muros
de Badajoz, la invicta, tremolaban;
cuando, ufano, entre músicas y vítores,
al aposento real se encaminaba,
súbito de su potro rodó en tierra.
Una flecha, de lejos disparada,
atravesó su muslo, y muerto acaso
creyéndole sus huestes, aterradas,
¡Traición! ¡Traición!, clamaron. Cunde entonces
por toda la ciudad grito de alarma,
despiertan sus tranquilos habitantes,
y al mirar en peligro sus moradas,
la santa paz en que hasta allí vivieran
por extranjera furia amenazada,
claman también: -¡Traición!- Y a sus acentos
ruedan peñascos por el aire, saltan
aceros por doquier, y suenan quejas
y se abren yelmos y se rompen lanzas...
 
»Sangrienta fue la lucha, pero al cabo
logró su triunfo el santo amor de patria,
sentimiento divino que engrandece
el alma de los pueblos y les marca
en el eterno libro de la Historia
un premio de inmortales alabanzas
 
»Prisionero en poder del castellano
don Alfonso quedó. ¡Con cuántas lágrimas
humedeció su lecho de dolores,
al conocer vuestra traición villana!
Su noble vencedor, siempre a su lado,
con palabras de amor le consolaba;
pero ni sus palabras ni consuelos
eran bastantes a curar la llaga
que abrió en su pecho la perfidia horrible
del ingrato valido a quien amara.
No eran bastantes, no; sólo la muerte
por término a sus males esperaba,
porque sólo en la muerte está el remedio
para quien tiene traspasada el alma.
 
»Mas antes de morir, a don Fernando
rogó con grande afán que os perdonara,
y proscripto os lanzase de su reino,
por única expiación a vuestra infamia.
Ambos reyes en ello convinieron,
y errante, sin reposo, hogar ni patria,
con la desventurada doña Elvira
llegasteis a estas rocas solitarias,
donde os abandonó, por ir en busca
del premio que los mártires alcanzan...
 
»¡Ay! ¡Pobre doña Elvira! Tú has sufrido
como jamás sufrió criatura humana;
mas si llevaste al cielo la memoria
de tu primer amante, aquellas gratas
horas de dulces besos e inocentes
tiernos halagos y caricias castas;
si no pudo la muerte en el olvido
hundir tantos recuerdos, y a la santa
mansión de los querubes, donde moras,
llega el eco mortal de mi plegaria,
¡perdona, doña Elvira, al que tu nombre
quiso borrar con sangre de su alma;
al que te vio perdida, y en el crimen
creyó encontrar consuelo a su desgracia!
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
. . . . . .
»A poco tiempo de esto, don Alfonso
dejaba de existir. Cuando expiraba,
rogó al Señor le concediese un plazo
para venir a veros a Milmanda,
en espíritu o cuerpo, y de este modo
hacer que conocieseis vuestras faltas
y alcanzar para vos misericordia
en la región de la divina gracia.
 
»En tanto el bandolero, deplorando
la ruindad de las flechas de su aljaba,
fugitivo por ásperas veredas,
ora salvando valles o montañas,
huía de la luz y de las gentes
que a gritos su cabeza pregonaban.
 
»Cansado estaba ya de esta existencia,
cuando plugo a su suerte que encontrara
una tarde de enero once truhanes
de mala vida y pérfidas entrañas;
trabó con ellos amistad profunda;
si tímido al principio se mostrara,
hizo temerse pronto, y desde entonces
todos a sus mandatos se inclinaban.
 
»Capitán de gavilla, vio quince años
de su vida pasar, con la esperanza
de visitaros hoy... y hoy, don Ramiro,
que ya aquel plazo de expirar acaba,
viene a exigir de vos, dispuesto a todo,
el cumplimiento fiel de una palabra...
¡Señor de Santarén! Aquel bandido,
de vos tan sólo una respuesta aguarda...»

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