A don emilio castelar - Poemas de José Martínez Monroy

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A don emilio castelar

Oye: sus ondas
desatando el viento,
allá en los senos de la noche avanza:
parece que en gigante movimiento
y arrebatados giros,
ayes, rompiendo las tinieblas, lanza,
y que derrama por do quier suspiros.
Mira: las nubes su melena llevan
flotando en el espacio, y en montones
se juntan y se elevan:
parece que, colgando sus girones
en la tumba que al mundo encierra inerte,
por la extensión callada
tremolan en los aires de la nada
los negros estandartes de la muerte.
Detén, Emilio, en los nublados ojos
y seca el llanto que sin tregua aumentas;
oculta de tu alma los despojos
en este seno amigo:
yo sentiré tus penas cuando sientas,
yo cuando llores lloraré contigo.
Pero entre tanto, ven, contempla ahora
la terrible belleza,
las tenebrosas galas
con que adorna su faz naturaleza.
Tiende la noche las enormes alas,
crujen los aires, la tormenta llora
sus copiosos torrentes en la altura,
brama la mar y su cubierta oprime
con rudo y sordo acento;
llevada en brazos de los ecos gime
la débil voz del desmayado viento,
y en la elevada cumbre
del cielo un fuego ondea,
que a través del espacio centellea,
e irradia oscura, indefinible lumbre;
y luego entre los aires se condensa
un fantasma fatal: bajo su planta
el orbe tiembla, la creación se humilla...
Es que lúgubre, inmensa,
la tumba de la vida se levanta,
es el espectro del dolor que brilla.
Allí yace tu amor, amigo mío.
¿No es verdad que el dolor tiene su goce?
Ese loco, insensato desvarío,
esa pena cruel, pena sublime,
que el mundo indiferente desconoce,
ese terrible torcedor que oprime
al triste corazón entre los mares
do brotan y se agitan los pesares,
ese dolor que a la ilusión perdida
junto al goce de ayer abre la huesa,
que retiene a la vida
bajo su brazo yerto
con las cadenas de la angustia presa,
esa amargura que del pecho hace
un sepulcro desierto
do sólo el alma cual cadáver yace,
¿no son también, amigo, una ventura,
cuyo rico ropaje borda el llanto
de horrorosa hermosura?
¡Dicha fatal, do apaga con espanto
su luz la vida, do la muerte empieza;
placer grande y profundo,
más grande en su fantástica belleza
que el mentido placer que sueña el mundo!
Si ese pesar, delirio de la suerte,
que va la flor de tu vivir secando,
que con sus hojas su sepulcro viste,
que la arrastra a la muerte,
pedazos hecha tu ilusión dejando,
el mundo no comprende, tu voz triste,
era mi madre, gemirá, mi madre;
y a este grito doliente,
el mundo entero inclinará la frente,
y aunque poco le cuadre,
hará justicia a tu dolor eterno,
pues sabe que Jesús fue un hijo tierno
que vino al mundo y que adoró a su Madre.
¿No te acuerdas, Emilio, de los días
de la ventura y la niñez pasados,
cuando tu tierno rostro reposabas
en sus brazos amados;
cuando un sueño dulcísimo y sereno
y apacible gozabas
en su adorado y cariñoso seno;
cuando, aspirando de su amor la esencia,
en sus ojos veías
reflejarse la luz de tu inocencia;
cuando tranquilo tu ilusión mecías
en su puro embeleso,
y adornabas tu frente
con el suave y regalado ambiente
del tibio aroma de su casto beso;
cuando ¡oh fugaces, deliciosos días!
Tú en su dicha soñabas,
y al mirar su sonrisa sonreías,
mientras ella jugando
iba con tus cabellos
los rayos de su amor entrelazando?
¡Emilio! ¡qué placer! ¿te acuerdas de ellos?
Huyeron... Sin embargo,
el alma está de su recuerdo llena,
y yo con la memoria
de la pasada historia,
más acreciento tu pesar amargo,
añado más angustias a tu pena,
aumento tu aflicción acerba y triste;
porque quizás el llanto que derramas
es el único lazo que aún existe
entre el dolor presente
y aquel perdido bien que tanto amas;
porque tu voz doliente,
que siempre por tu madre al cielo ruega,
asciende rauda y a tu madre llega,
y al escucharla siente
de abrazarte en el cielo la esperanza,
y aspira con placer la religiosa
plegaria débil que tu labio lanza;
y el beso que murmura
sobre la yerta losa,
recoge con afán su sepultura.
Si es verdad que los tiernos corazones
por el amor unidos
enlazan en el mundo sus latidos
con cadenas de bellas ilusiones;
si alguna vez también la paz serena
vela su dicha con modesta nube,
¿por qué -tú me dirás- esta cadena
que atada está a mi pecho, al cielo sube,
y mi contraria suerte
entre su puro azul la ve perdida?
Porque, Emilio, es la muerte
la postrera ilusión de nuestra vida.
Ese suspiro que del pecho inquieto
exhalas por tu daño,
es el sordo crujido
que desgarra estridente el esqueleto
de un corazón herido
por la mano fatal del desengaño.
Ve: de tu seno se derrama y crece
y se remonta en la extensión serena.
Mira: en los aires su clamor se mece,
y rueda por la altura;
brama su voz y el universo llena;
porque el mundo es no más la sepultura
donde yacen los restos de los males,
y que tiñen de pálido topacio
cual cirios funerales
los gigantes flameros del espacio;
y ese sol que entre pliegues va cayendo
del alto cielo por la inmensa frente,
sus rayos recogiendo
en el oscuro lecho de Occidente,
es el postrer quejido de agonía,
que entre los mantos de la sombra opaca
lanza la luz al espirar el día;
y el cóncavo cenit que se derrumba
por la redonda zona,
es tan sólo la lúgubre corona
que gravita en la piedra de esta tumba;
y ese montón de luminarias bellas
que, enredadas en cifras misteriosas
derraman las estrellas,
son las letras del lívido epitafio
que Dios trazó con el pincel del viento
sobre la losa azul del firmamento.
Ven, ángel de la muerte,
bate tus alas cual sudario blancas,
ven a acabar tu obra:
el hijo fiel a quien su madre arrancas,
que sólo goza con la horrible suerte,
ansia morir, y hasta el dolor le sobra.
Emilio, adiós: te dejo;
pero al dejarte en tu aflicción terrible,
voy a darte un consejo, si es posible
que salga de mis labios un consejo.
Aleja de tu mente esos alardes
a que te entrega insano el desvarío
la desesperación, amigo mío,
es el solo valor de los cobardes.
Cuando en la sorda, solitaria noche,
estés en tu aposento,
puesta la vista en el tizón que humea
ardiendo en la dorada chimenea,
y recojas tu pecho al sentimiento;
cuando la luz dudosa que vacila,
dando sombra a los mármoles, devore
la lágrima que llore
tu cansada ardentísima pupila;
cuando en tu madre pienses, y suspires;
cuando con mudo espanto
su bella imagen reflejarse mires
en los turbios cristales de tu llanto;
cuando te entregues a la incierta calma
de tu sueño doliente,
y sientas ¡ay! acariciar tu frente
los fragantes efluvios de su alma,
nunca su voz tu oído desatienda,
que te dice al brindarte su consuelo,
mostrándote la gloria: ésa es tu senda,
y ésta es mi gloria, al señalarte el cielo.

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