A nuestra señora del carmen - Poemas de Arístides Pongilíoni

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A nuestra señora del carmen

I
Su frente, coronada de encinas, el Carmelo
levanta poderoso, con noble majestad,
rompiendo de los aires el trasparente velo,
buscando las regiones de ardiente tempestad.

Con tenebroso manto las nubes lo rodean,
sobre sus rojas peñas sus rayos quiebra el sol,
los vientos del desierto lo queman, y lo orean
las fugitivas brisas del Ponto bramador.

Si el rayo lo ilumina con su sulfúrea lumbre,
si roncos huracanes lo azotan por do quier,
la verde cabellera, que flota en su alta cumbre,
se agita con rugidos, mostrando su poder.

Parece que en su altura se aspira en el ambiente,
en inflamados átomos, espíritu de Dios.
Preñada de anatemas, enérgica, imponente,
en su empinada cumbre la voz de Elías tronó.

Tronó llamando al rayo de cólera divina
sobre la torpe frente de la impureza audaz,
y, a su terrible acento, cayeron en ruina
los ídolos infames, del alto pedestal.

Y adelantando el curso del tiempo venidero,
rompiendo el sello augusto que guarda el porvenir,
profético su espíritu ver hízolo el primero
el astro refulgente de Redención lucir.

Los campos se agostaban con pertinaz sequía,
al fuego calcinados de sol abrasador,
en hondas y anchas grietas su exhausto seno abría
la tierra, demandando raudal consolador.

No erraban por el aire los pájaros ligeros,
ni en las tendidas ramas vibraba su cantar;
detuvo el río su curso, los céfiros parleros
callaron, era todo silencio y soledad.

Y el cauce del arroyo, que férvido humeaba,
en ondas ligerísimas de cálido vapor,
cubrían las secas hojas, que el viento arrebataba,
con plañidero y triste y desigual rumor.

Elías, sobre la cumbre riscosa del Carmelo,
propiciatoria ofrenda al cielo presentó,
y llama abrasadora bajó del alto cielo,
y, allí fugaz posándose, la ofrenda consumió.

Fijó en el horizonte sus ojos el profeta,
buscando el cumplimiento de la promesa fiel,
y blanquecina nube miró mecerse inquieta,
y rápida extenderse, del mundo por dosel.

Los suplicantes brazos tendió hacia el firmamento,
sus ojos se inundaron de desusada luz;
¿qué ha visto en esa nube, que extiende raudo el viento,
cubriendo con sus pliegues el firmamento azul?

¡Ah! ¡no saluda en ella el Iris de bonanza,
vertiendo sobre el mundo su lumbre celestial!
¡ah! ¡no saluda en ella tan solo la esperanza,
para los mustios campos, de bienhechor raudal!

Hirió su mente un rayo de inspiración divina,
y nuevo sentimiento brotó en su corazón;
que ha visto en esa nube la imagen peregrina
de la que Santa Madre será del Redentor:

La Virgen escogida, la bienhechora fuente,
la Reina de los ángeles y de los tristes luz,
la que de estrellas ciñe la soberana frente,
el arca de alianza, ¡la Madre de JESÚS!

¡Oh celestial, Señora! ¡el miserable mundo
aun no santificaba la huella de tu pie,
y ya el alma de Elías sintió brotar fecundo
tu amor, al santo fuego de inspiradora fe!

¡Cantó tus alabanzas el eco del Carmelo,
la tierra oyó gozosa su plácido rumor,
y palpitó de júbilo al ver el alto Cielo,
en pechos escogidos, arder tu santo amor!

II

Y apenas
del cristianismo
la doctrina germinaba,
humilde templo se alzaba
del Carmelo en la región;
y a la Reina de los ángeles,
sobre el viento silencioso,
subió puro y amoroso
perfume de adoración.

Y, al soplo de Dios, los siglos
fueron rápidos corriendo,
de la eternidad cayendo
en el abismo sin fin;
¡y siempre, Madre amorosa,
de la cumbre del Carmelo
alzó su ferviente vuelo
una oración hacia ti!

¡Feliz quien, por vez primera
mirando la luz del día,
oyó tan santa armonía
junto a su cuna vibrar;
y en una atmósfera pura,
que la impiedad no sofoca,
vio tu nombre en cada boca
y en cada pecho tu altar!

Cuando, cual ave cansada
que busca afanosa el nido,
un buque vaga perdido
del Ponto por la región;
si a las playas de Occidente
dirige la rauda quilla,
en la gaditana orilla
buscando su salvación;

Ve destacarse el marino,
en el horizonte claro,
a un lado luciente faro,
emblema de caridad;
y al otro sagrado templo,
donde la imagen se adora
de la santa protectora
de los hijos de la mar.

¿Veis por las tendidas calles
ese grupo penitente,
y vario tropel de gente
que en silencio marcha en pos?
Descalzos van: rudo mástil
llevan en hombros cansados,
y en sus rostros atezados
brilla cristiano fervor.

Fue un día que roncamente
la tempestad rebramaba,
y, al soplo del viento, alzaba
gigantes olas el mar.
Con un velo tenebroso
se enlutaba el firmamento;
si el rayo lo hendía violento,
lo cerraba el vendaval.

Lejos del puerto tranquilo,
juguete del viento insano,
enmedio del Océano
flotaba frágil bajel.
Bajo su quilla, rugiente
inmenso abismo se abría;
sus negras alas cernía
la tempestad sobre él.

Como pálidos fantasmas,
emanación de un conjuro,
sombras se ven en lo oscuro
por el buque discurrir;
sombras de míseros seres,
que con la muerte luchando,
al viento y al mar, temblando,
su sepulcro ven abrir.

Cayeron los recios mástiles
sobre el puente; en son violento,
rasgó las velas el viento,
lamió la cubierta el mar;
y, erizados los cabellos,
junto al gobernalle roto,
lívida llama el piloto
vio sobre el buque flotar.

Entonces, puestos de hinojos,
perdida toda esperanza,
pusieron su confianza,
Virgen del Carmen, en Ti;
en Ti, estrella de los mares,
a cuyos suaves fulgores,
el mar calma sus furores
y alienta brisa feliz.

Y cuentan que, hendiendo el ábrego
los espesos nubarrones,
entre sus rotos girones
brilló el firmamento azul,
y te vieron, Santa Madre,
con los ojos de su alma,
nuncio de vida y de calma,
vestida de inmensa luz.

A tu mirada, las olas,
ya contenidas, rugieron,
más sumisas se tendieron
con suave ondulación,
como enjaulada pantera,
del hombre a la voz pujante,
arrástrase suplicante,
mas rugiendo, en su prisión.

Pasó la tormenta ruda,
barrió las nubes el viento,
y en el claro firmamento
tornó el sol a aparecer;
y en la destrozada nave
oró el náufrago de hinojos,
con lágrimas en los ojos
bendiciendo tu poder.

¡Oh llama santa! ¡fe pura!
¡fuente de eterno consuelo!
¿qué fuera en el triste suelo
la vida humana sin ti?
Si tu fuego el pecho enciende,
¿qué bien el hombre no alcanza?
¡ah! ¿quién pierde la esperanza,
aunque se sienta morir?

Marchad al templo sagrado:
marchad, náufragos dolientes,
y allí, humilladas las frentes,
himnos de gracias alzad;
y al trono de Dios asciendan,
en eco solemne, inmenso,
como las nubes de incienso,
que perfuman el altar.

Y, aunque con mofa os contemple
la incredulidad impía,
¡ah! levantad a MARÍA
la fervorosa oración;
que si de la vida el aura
goza vuestro pecho ahora,
¡de esa divina Señora
lo alcanzó la intercesión!

III

¡MARÍA, Reina del
cielo, dulcísima Señora,
consuelo del que sufre, tesoro de bondad,
mi voz también te ensalza, mi voz también te implora!
Escucha, Santa Madre, de un alma que te adora
el férvido cantar!

Grabado está en mi pecho tu nombre melodioso,
que alienta mi esperanzas suena mi aflicción.
¡Ah! ¡yo espero invocando tu auxilio poderoso,
que al entregarme al verso del eternal reposo,
y tu nombre abra a mi espíritu la celestial mansión!

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