Maldigo - Poemas de MATIAS LUCADAMO

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Maldigo

Maldigo  tu  belleza.  aunque  sólo  te  deslizes  en  mis
fantasías:  desgarro  en  ellas mi  pecho  con  trémulas manos  para
respirar tu aroma. Pero maldigo. Maldigo el día aquel en el cual  tu
nombre me bendijo. Maldigo esta música  lerda, rea en el yugo de  tu
lejanía. Maldigo los viajes de la rutina, cuando te evoca el  tedio,
te llama a gritos la desolación.  Sí, tú, en los vastos páramos  del
olvido, aún me nombras, aún me miras. Musa, Musa, simple materia  de
ansiedad, niebla de sueño, y  llanto de tener tu boca  susurrando en
mi  boca, tu  lengua lozana  en mis  labios huraños;  masticarte la
sonrisa, y  el manantial  diáfano de  tu caricia  derramándose en mi
cuello horrorizado,  tremendamente horrorizado  porque no  puede ser
real. Pero maldigo, sí, maldigo.  Maldigo el himno de tus  cadencias
al hablar, el deambular en suspenso  de un canto que no se  oye, que
no murmura; estruendo atiborrado  de infinito, idioma distante,  eco
de erial. Maldigo, tu llanto ausente, tu redención fingida.  Maldigo
que  mi querer  sea la  constelación toda  en tu  noche inmensa,  y
maldigo que esto no sea así.  Te pienso, de pronto, en estos  viajes
de la rutina, del tren cansado.  Hoy llueve afuera, y caen rayos  de
cristal  en los  vidrios; parece  el cielo  gris de  tormenta y  el
crepúsculo  se  sonríe,  se  burla  de  mí,  grotesco,  cruel,
miserablemente  cruel. Sórdido  el hedor  pútrido que  despiden los
silencios cuando te hablo en  mis fantasías; te lo dije,  aquello de
que te paseas en mis fantasías?  ¿te lo dije?. Ah, me arrancaste  la
soltura, me crispaste la endereza, algo descarada... Maldigo el  día
aquel en el cual tu nombre me bendijo. A mi, el absurdo, el  frágil,
el perro bruto  a orillas de  la ruta, lo  maldigo, a aquel  día, lo
maldigo. Sí,  fue entonces  mi perpetua  condena al  desdén. Sí, fue
entonces incesante la voracidad de mis quimeras... ¡Ah, mujer,  pero
no puedo mentir! Eres tú la  silueta de todo lo bello que  guarda el
mundo. Eres tú la  forma, eres tú la  brisa estival que se  eleva al
cielo claro; la fantasmagoría enamorada que nunca supo de morir.  Yo
maldigo  aquel  día en  el  que, ¡cándido  y  herido!, me  arrojé  a
buscarte, a perseguirte;  cuando las mil  cuchillas de lo  imposible
penetraron  mi  sien,  cuando  las  mil  zarzas  dolientes  de  tu
indiferencia embistieron  mis idilios,  pero eres  tú la  idea, y la
forma, y el  color. Sí, yo  te anhelo, yo  te ansío. Te  lo dije ya.
Usurpas mortal todos mis pensamientos; arribas allí como una navidad
en  la  infancia. Tú  allí  eres mía,  eres  mía, e  indagas  en mis
voluntades, y me proteges del azar. Allí, ¡piadoso ensueño de  paz!,
Yo  te investigo,  te quiero,  le dibujo  violetas rutilantes  a tu
sombra, a  tu idea  ancestral. Allí,  vago, me  duermo en las hebras
tenues de tu anochecer; allí,  hidalgo, te silencio las palabras  de
un  beso.  Taciturno  en  el  tren,  miro  siempre  a  través  de la
ventanilla  aquellos  edificios  que  juegan  a  las  escondidas,  o
aquellos  árboles vencidos  en las  veredas, o  a la  gente, que  se
encierra con presteza en algún  capullo de hormigón. Yo, que  cuando
te  guardo  en  el pensamiento,  miro  hacia  afuera, siempre  hacia
afuera.  A veces  volteo la  mirada ruda  con la  fe enceguecida  de
hallarte a  mi lado,  sentada, con  tu silencio  vulnerable, con  tu
mejilla tibia rendida al beso  mío. Yo volteo la mirada;  sí, mujer,
para buscar tu mano, tomarla,  y contemplar risueño los anillos  que
la  decoran;  yo  me  volteo.  ¡Fantasma  verosímil,  iluso  dolor!
Verdaderamente convencido  de que  allí te  encuentras, de  que alli
descansas...  pero  no,  pero  no.  Hallo  lo  que  hallo,  miradas
fastidiadas, muecas extrañas; pudoroso enjambre de hombres que  nada
saben  de  ti.  Me  miran,  apenas  subyugados,  tal  vez,  ante  el
resplandor  arduo y  desdichado de  mi semblante,  huella furtiva  y
perpleja de una vehemencia ya herida, ya frustrada... Ah, Dios, ¿por
qué bendito es el ensueño,  y por qué maldito el  despertar? Recorro
sigiloso las penumbras de la idea ancestral. La que es tuya, la  que
es  mía. Yo  sólo maldigo  todo lo  que está  lejos de  ti.

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