Calvario - Poemas de JORGE ANTONIO DORE

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Calvario

Un coágulo de sangre prendido en vidrio oscuro         
desciende por las sienes consteladas de espinos.       
El Padre desbarata por vez primera el muro             
y aúna los dolores humanos y divinos.                 
La tierra en esta zona no se labra; se viola.         
Le rasgan las entrañas para inyectarle un semen       
de acero y megatones. El fruto: una cruel ola         
que arrasará a los que odian igual que a los que temen.
La mano que horas antes bendijo, agarrotada,           
con el dolor del mundo prendido en sus tendones,       
aguarda a que se cumpla la gloria señalada             
para eximir condenas y repartir perdones.             
Códigos para entrada y salida. Madrigueras             
blindadas. Falsos ojos que escudriñan alturas         
en busca de enemigos. Mecánicas esperas               
de humanos que han trocado sus sueños por torturas.   
El sucio pie, cansado de todos los caminos,           
atravesado en hierro, busca en el hierro apoyo.       
Además de una túnica, se juegan los destinos           
de todos los que hundimos el hierro en esos hoyos.     
Mapas. Trazos que enlazan ciudades diferentes,         
torvas radiografías de una muerte segura               
no para los culpables. Para los inocentes.             
La cura está en las manos del que no cree en la cura. 
Vinagre. Ardor y espasmos de los labios resecos       
que dando a beber agua de vida, tienen sed.           
El mundo se desangra por cuatro negros huecos         
y no cobra conciencia del que ha dicho: “¡Creed!”.     
Constelaciones falsas tendidas en un techo             
que sólo el infinito merece iluminar.                 
Nacemos a la sombra del miedo, y al acecho             
de estrellas que la noche debiera rechazar.           
Herida en el costado. La hoja, sin embargo,           
no ha abierto en dos al hombre que es todo corazón.   
Hay un murmullo breve y un sobresalto amargo           
aflige a los que han visto dudar al centurión.         
Igual que aquella túnica, se juegan hoy la tierra     
al pie del mismo Cristo que vuelve a agonizar,         
dos pálidos soldados que saben que otra guerra         
será la última puerta de un mundo por cerrar.         
Crucifixión eterna: Dios sigue en el calvario         
cuajando amor en plasma por todos los que nacen.       
Vivimos perforando sus miembros a diario               
y El sigue respondiendo desde el mismo escenario:     
“Perdónalos, oh Padre. No saben lo que hacen”.         

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